Cuando los extremos descubren que hablan el mismo idioma

Por qué importa que la ultraderecha gane una elección en Alemania y qué podemos aprend de ello

Hay elecciones que cambian gobiernos y hay elecciones que cambian el significado de una época. La de Sajonia-Anhalt pertenece a la segunda categoría.

La AfD (Alternative für Deutschland —Alternativa para Alemania), el partido alemán de extrema derecha, obtuvo 43.8% de los votos y 39 de los 83 escaños del Parlamento regional. No alcanzó la mayoría absoluta —necesitaba 42—, pero convirtió en una posibilidad concreta algo que durante décadas parecía políticamente inimaginable: que la extrema derecha vuelva a gobernar una región alemana.

Y conviene detenerse antes de pronunciar el triunfo. 

Y es que Alemania no desconoce a dónde puede conducir la política cuando el resentimiento, el nacionalismo, la crisis económica y la desconfianza institucional encuentran un vehículo electoral. 

Alemania y Europa lo aprendieron de la manera más brutal posible. 

Adolf Hitler llegó al poder a través de las instituciones que después destruiría. La República de Weimar murió lentamente, entre crisis económicas, polarización, desprestigio de las instituciones y una sociedad que comenzó a considerar que la democracia era incapaz de resolver sus problemas ( es inquietante ver similitudes hoy). 

Alemania posterior a 1945 construyó una Constitución y una cultura política alrededor de la memoria, prometiendose que algo así no volvería a pasar. 

De ahí proviene, entre otras cosas, la llamada Brandmauer, el muro político que durante años mantuvo a los partidos tradicionales alejados de cualquier cooperación con la ultraderecha. 

Pero ahora ese muro comienza a mostrar grietas. 

La AfD no consiguió 43.8% solamente porque Alemania se haya vuelto repentinamente ultraderechista. Ganó porque logró convertir múltiples malestares en una sola identidad política: inmigración, inseguridad, inflación, pérdida de poder adquisitivo, desconfianza hacia Berlín, rechazo a determinadas políticas climáticas y una sensación persistente de abandono en sectores del antiguo Este alemán. 

Y, lo más importante, la AfD movilizó a quienes antes no votaban. La participación llegó a un histórico 78%, y el crecimiento de la extrema derecha provino en buena medida de antiguos abstencionistas. 

Estamos ante una fuerza política que aprendió a transformar la abstención en resentimiento y el resentimiento en acción que llega a las urnas. 

Y aquí la historia vuelve a tocar la puerta. 

Sajonia-Anhalt perteneció a la Alemania del Este. La reunificación de 1990 terminó con la división territorial, pero no borró de un día para otro las diferencias sociales, económicas, demográficas y culturales. Durante décadas, el Este experimentó pérdida industrial, envejecimiento y una sensación de que las decisiones importantes se tomaban en Berlín, por élites lejanas. 

La AfD llegó de la mano de un influencer, un hombre carismático que estudio administración privada y  que ahora pretende utilizar este resultado como plataforma para conquistar primero los gobiernos regionales y después el federal. 

La CDU (Christlich Demokratische Union-Unión Demócrata Cristiana) el partido conservador de centro-derecha tradicional, de Angela Merkel y del actual canciller, Friedrich Merz, endureció el discurso de la derecha tradicional sobre migración, seguridad y economía, pero su partido acaba de sufrir uno de sus peores resultados. 

La pregunta es brutal: ¿qué ocurre cuando la derecha tradicional intenta recuperar a los votantes de la extrema derecha hablando cada vez más como ella? 

Puede terminar legitimando el lenguaje que pretendía contener. Y en el resto del mundo se regleja. 

Francia tiene a Marine Le Pen y Agrupación Nacional. Italia tiene a Giorgia Meloni. Hungría tiene a Viktor Orbán. Estados Unidos a Donald Trump, y Argentina a Miley. Por poner algunos ejemplos. 

Son historias diferentes. Pero comparten una característica: la extrema derecha dejó de ser una anomalía política para convertirse en parte estructural de la competencia por el poder. 

Y ¿qué ocurre cuando, frente al avance de la extrema derecha, la izquierda responde utilizando exactamente algunos de los mismos mecanismos de polarización, o viceversa? 

La extrema derecha construye su identidad alrededor de la nación, la identidad cultural y la exclusión del otro; la izquierda populista lo hace alrededor del pueblo frente a las élites económicas, la soberanía nacionalista. Sus proyectos pueden ser radicalmente distintos. 

El terreno común: dividir a la sociedad entre un pueblo auténtico y sus enemigos; convertir al adversario político en una amenaza moral; desacreditar a las instituciones y presentarlas como obstáculos cuando estorban al poder en turno. 

Ahí aparece la verdadera advertencia. 

Los extremos no necesariamente se parecen en aquello que quieren construir; se paren en aquello que hacen con la sociedad mientras intentan construirlo. 

Primero aparece el desencanto. 

Después la desconfianza. 

Luego la división entre “el pueblo” y “los otros”: las élites, los extranjeros, los periodistas, los jueces, los partidos, los adversarios, los intelectuales. 

Después llega la idea de que las instituciones son el obstáculo para que el pueblo pueda finalmente gobernar. 

Ese proceso no comienza necesariamente con un dictador. Comienza con una sociedad convencida de que las reglas ya no sirven. 

Por eso el problema de Sajonia-Anhalt no es solamente la AfD. 

También es la incapacidad de los partidos tradicionales para explicar por qué la democracia es útil cuando las personas sienten que su vida empeora. 

Porque una democracia que solamente responde “no voten por los extremistas” está perdiendo la batalla antes de empezar. 

Tiene que explicar por qué. 

Tiene que ofrecer resultados. 

Tiene que recuperar la confianza. 

Tiene que escuchar el miedo sin convertirlo en odio. 

Y tiene que recordar algo que Alemania aprendió demasiado tarde y demasiado caro:

la democracia no se conserva solamente derrotando a los enemigos de la democracia en las urnas. Se conserva haciendo que los ciudadanos vuelvan a creer que vale la pena defenderla. 

Sajonia-Anhalt acaba de abrir esa discusión. 

La pregunta es: ¿qué tuvo que perder una sociedad para que sus electores considerara que la respuesta podía encontrarse en aquello que Europa juró que nunca volvería a necesitar?

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