En julio escribí dos columnas que alertaban sobre el hecho de que la industria que convirtió a Puebla en una capital automotriz estaba cambiando, y que el riesgo no era perder una inversión, sino seguir diseñando políticas públicas para una industria que ya dejó de existir.
Los acontecimientos de esta semana me han dado la razón más rápido de lo que imaginaba.
Los aciertos que el tiempo confirmó
1. La competencia ya no es entre estados mexicanos, es contra Texas, Tennessee y Carolina del Sur. Esto independientemente de las negociaciones del T-MEC, porque para competir hay que reposicionarse sobre la incertidumbre.
El anuncio de Volkswagen de eliminar el tercer turno en Puebla —con el despido de entre 786 y 1,350 trabajadores, según la fuente— no es un problema de la empresa.
Es el termómetro de una tendencia: la inversión automotriz se está reconfigurando hacia el sur de Estados Unidos, donde los incentivos fiscales, la energía abundante y la certidumbre regulatoria atraen lo que antes se quedaba en México.
2. La ventaja de "producir mejor y más barato" ya no basta.
Hoy importa el ecosistema completo: dónde se produce, con quién, qué energía se usa y, sobre todo, si el territorio ofrece estabilidad para inversiones de veinte años. Puebla sigue midiéndose con las reglas del siglo XX, mientras el tablero ya es del siglo XXI.
3. Los resultados de VW no son el problema, son el síntoma.
La empresa justificó el ajuste por un "contexto desafiante" en la industria automotriz global. Pero el contexto no es una excusa: es la nueva normalidad. China produce 35 millones de vehículos al año; Estados Unidos supera los diez millones; México cayó del cuarto al séptimo lugar.
Esa es la foto. El resto es ruido.
La paradoja: despidos y aumento salarial
Mientras los trabajadores de reciente ingreso —contratados entre 2023 y 2026— recibían sus liquidaciones sin previo aviso, la empresa y el sindicato negociaban un incremento salarial del 10.04% para quienes se quedan.
Esto no es contradictorio. Es la lógica de una industria que camina hacia el futuro con un pie en el pasado: ajusta capacidad productiva donde sobra, pero mantiene la paz laboral donde necesita seguir produciendo.
El SITIAVW, por su parte, ha sido tajante: "jamás ha pactado, convalidado ni consentido despido o ajuste de personal alguno". La empresa actuó unilateralmente. El sindicato se deslindó. Y los trabajadores se enteraron al ver el depósito en su cuenta.
¿Y qué pasa con la producción de armamento?
Aquí el asunto se vuelve más complejo.
Desde marzo de 2026, Volkswagen mantiene negociaciones con la empresa israelí Rafael Advanced Defense Systems para fabricar componentes del sistema antimisiles "Cúpula de Hierro" (Iron Dome). El plan original era reconvertir la planta de Osnabrück, en Alemania, que enfrenta el cierre en 2027 y tiene 2,300 empleos en riesgo.
La fabricación incluiría camiones pesados para el transporte de misiles, lanzadores y generadores eléctricos. Los misiles, sin embargo, seguirían siendo producidos por Rafael.
Pero hay un problema: Catar.
El Fondo de Inversión de Catar (QIA) es el tercer mayor accionista de Volkswagen, con 17% de los derechos de voto y asientos en el consejo de supervisión. Y Catar vetó el acuerdo con Rafael por sus tensiones con Israel.
La solución que se baraja es que el estado de Baja Sajonia invierta 200 millones de euros para estatizar la planta y sortear el veto de Catar. Pero el futuro del plan es incierto.
¿Y Puebla en todo esto?
Hasta ahora, la negociación es exclusivamente para la planta de Osnabrück. No hay información pública que vincule a la planta de Puebla con la producción de armamento. Sin embargo, la discusión revela algo más profundo: Volkswagen está dispuesto a dejar de fabricar autos para sobrevivir. Si la empresa más grande de Europa considera viable reconvertir una planta automotriz en una fábrica de material de defensa, ¿qué nos dice eso sobre el futuro de la industria que conocíamos?
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El cambio ya no es una amenaza, es una realidad
Los despidos en Puebla no son un accidente. Son la consecuencia lógica de un mundo donde los automóviles ya no se fabrican como antes, ni en los mismos lugares y hace unos años, el gobierno del estado lo tenía muy claro.
La pregunta que dejé planteada en la primera parte sigue vigente, pero ahora con más urgencia:
¿Puebla comprende la magnitud del cambio que ya comenzó?
Porque el riesgo no es perder una inversión. El riesgo es seguir actuando como si el tablero no hubiera cambiado, mientras la industria se reconfigura, las inversiones se van al norte y las plantas automotrices del mundo empiezan a considerar si su futuro es fabricar autos... o fabricar otra cosa.
