En el año 1999, cubrí los deslaves en Teziutlán.
Un extraño huracán ingresó hasta el panteón de un cerro, que acabó con todo un barrio, y que mató también a los muertos.
El putrefacto aroma aún lo tengo en la nariz, la lengua y los pulmones.
Dos años después, 11 de septiembre, asistí a las Torres Gemelas recién derrumbadas en La City.
A tres calles -no podía avanzar más-, percibí el aroma de los húmedos muertos teziutecos, pero ahora en La City.
El artículo lo publicaron en un diario local.
"Manhattan perdió dos dientes de su peine", lo titulé.
A 25 años, me arropa cierto escalofrío.
Mejor, cambiemos de tema.
