Si la
primera pregunta era qué está cambiando en el mundo, la segunda resulta
incómoda:
¿Está
Puebla preparada para competir en esa nueva realidad?
Me
temo que no lo suficiente.
La
discusión pública suele quedar atrapada en la inmediatez. Una declaración, una imagen, un
dime y un direte, un anuncio de inversión, un paro técnico, un arancel, una
conferencia de prensa.
Gobernamos
con la lógica del siguiente titular
cuando deberíamos pensar en la siguiente generación, o eso se suponía que
nuestra clase gobernante debería hacer.
Vamos,
un ojo al garabato y otro al gato y lo que va a hacer.
Y no
es un “plan de contingencia”, no trata de un desastre al que hay que
responder y que pasará en algún tiempo.
Las
plantas automotrices no planean a tres años. Planean a veinte.
Los sistemas
de innovación se construyen durante décadas.
La formación
de ingenieros especializados requiere años.
La infraestructura
energética no se improvisa.
La seguridad
hídrica tampoco.
Por
eso resulta preocupante que frente a una transformación global de esta
magnitud la conversación política siga reducida a respuestas de coyuntura y
politiquería barata.
Puebla
no necesita ocurrencias
espectaculares que ocupen una semana de titulares. Necesita una estrategia
de Estado. Necesita estadistas.
Porque
existe una diferencia fundamental entre un político y un estadista.
El primero administra la urgencia. El segundo, construye el futuro.
Hoy esa
diferencia puede definir el destino económico del estado.
La
revisión anual del T-MEC, la presión estadounidense para fortalecer las reglas
de origen, la competencia china, la inteligencia artificial y la
electromovilidad no desaparecerán con el siguiente cambio de gobierno.
Al
contrario.
Serán
las condiciones estructurales bajo las cuales competirán nuestras empresas durante las próximas dos décadas.
Frente
a ello, Puebla debería estar discutiendo una Política Industrial 2035.
Una agenda
construida alrededor de cinco prioridades: energía suficiente y limpia;
seguridad hídrica; fortalecimiento de la proveeduría regional; formación
intensiva de talento especializado en electromovilidad, software e inteligencia
artificial; y una política permanente de cumplimiento regulatorio que
convierta a Puebla en el territorio más confiable para invertir en
Norteamérica.
Douglass
North sostenía que
las instituciones existen para reducir la incertidumbre.
Ésa es
exactamente la tarea del Estado. No fabricar automóviles. Fabricar certidumbre.
Porque
las empresas podrán adaptarse a nuevas tecnologías.
Lo que
difícilmente soportan es la incertidumbre permanente.
Durante
décadas pensamos que nuestra principal ventaja competitiva era la ubicación
geográfica.
Hoy la
verdadera ventaja estará en:
-
La
calidad de nuestras instituciones.
-
La
seriedad de nuestra planeación.
-
La
continuidad de nuestras políticas públicas.
Y la
capacidad de pensar más allá del siguiente proceso electoral.
La
historia demuestra que las grandes transformaciones económicas nunca favorecen
automáticamente a quienes fueron exitosos en el pasado. Favorecen a quienes
comprenden, antes que los demás, que las reglas han cambiado.
Ésa es
la decisión que hoy enfrenta Puebla.
Seguir
administrando el presente. O comenzar, por fin, a construir el futuro.
