Morena gobierna actualmente 12 de los 17 estados que renovarán gubernatura en 2017. Su objetivo es ampliar más ese dominio territorial y arrebatar a la oposición plazas emblemáticas como Chihuahua, Nuevo León, Querétaro y Aguascalientes.
Y ya comenzó a repartir las cartas. El partido gobernante ha entregado constancias a quienes serán sus 17 candidatos, aunque oficialmente se les denomina “coordinadores estatales de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional”.
Uff.
Qué empalagoso eufemismo político para no decir, simplemente, candidatos.
Hay algo mucho más interesante que una lista de aspirantes: detrás de cada nombre está el reacomodo del poder dentro o fuera de Morena. Los desplazados que se quedaron mirando desde la orilla.
¿Quién controlará a los damnificados de esta primera gran selección rumbo a 2027?
En orden alfabético, las cartas morenistas quedaron así:
En Aguascalientes, estado gobernado por el PAN desde hace una década, va Nora Ruvalcaba, quien buscará por tercera ocasión la gubernatura, ahora con el respaldo del PT y el Partido Verde.
En Baja California, Julieta Ramírez.
En Baja California Sur, Manuel Cota Cárdenas, una de las posiciones reservadas al Partido Verde.
En Campeche, Pablo Gutiérrez Lazarus, expanista y uno de los hombres cercanos a Layda Sansores.
En Chihuahua, otro expanista: Cruz Pérez Cuéllar.
En Colima, Rosi Bayardo. Y aquí aparece un dato políticamente interesante: pese a los discursos que suelen asociar la violencia con la supuesta necesidad de perfiles masculinos, Morena vuelve a colocar a una mujer en un estado complejo. Lo mismo ocurre en Guerrero, donde la candidatura quedó en manos de Beatriz Mojica, cercana a Claudia Sheinbaum.
En Michoacán, Carlos Torres Piña.
En Nayarit, el Partido Verde colocó a Jasmín Bugarín, una de las posiciones que obtuvo dentro de la negociación.
En Nuevo León, Clara Luz Flores.
En Querétaro, Santiago Nieto buscará la gubernatura.
En Quintana Roo, otra posición para el Verde: Gino Segura.
En Sinaloa, Imelda Castro —decisión que seguramente no provocará demasiados aplausos del gobernador de Puebla— y en Sonora, Lorenia Valles.
En Tlaxcala, la expriista Ana Lilia Rivera.
Y en Zacatecas, Verónica Díaz, si tambien mujer.
Más que una lista, el reparto es un mapa del poder que Morena está construyendo para 2027.
Toda selección tiene perdedores.
Andrea Chávez perdió Chihuahua y Geraldine Ponce Nayarit, pese a las costosas —y cuestionadas— campañas anticipadas que durante meses las colocaron como favoritas. Abelina López y Félix Salgado Macedonio quedaron fuera de Guerrero. Raúl Morón fue desplazado en Michoacán.
Colima ofrece un ejemplo claro de cómo una candidatura puede convertirse en una disputa entre grupos internos. El resultado dejó desplazado a Virgilio Mendoza Amezcua, quien buscaba la candidatura con el respaldo del Partido Verde. Ya había sido alcalde de Manzanillo y senador. Durante meses apareció en encuestas como uno de los perfiles más competitivos para encabezar la alianza oficialista.
Sin embargo, Rosi Bayardo recibió la constancia de Morena; y también quedó colocada en el centro de una pugna política que involucra a la gobernadora Indira Vizcaíno y a los grupos locales del partido, quienes aspiraban a sucederla desde otras posiciones de poder.
Su designación mostró que la encuesta no opera en el vacío. Detrás de cada resultado hay alianzas, vetos, negociaciones y estructuras territoriales. Colima, en ese sentido, es un adelanto de lo que Morena enfrentará en 2027: una candidatura definida, pero una coalición interna difícil y todavía por construir.
Tlaxcala ofrece otro de los mejores ejemplos del reacomodo interno. Alfonso Sánchez García, alcalde de la capital, quedó fuera frente a Ana Lilia Rivera. Sánchez García era identificado con el grupo de la gobernadora Lorena Cuéllar y politico de tercera generación. Su desplazamiento fue significativo porque había aparecido al frente en algunas mediciones previas hasta por más de 10 puntos. No era una candidatura de trámite. Había competencia y, sobre todo, grupos políticos en juego.
De acuerdo con El País, Sánchez García abandonó la reunión privada previa al anuncio y no estuvo presente cuando Morena comunicó el resultado a los aspirantes.
La encuesta había hablado. Como lo hizo en cada entidad disputada. O, al menos, eso dijo Morena.
Hay derrotas que vienen con su propio sarcasmo.
En Morena todos son indispensables hasta que llega la encuesta y un solo personaje decide quién deja de serlo.
Durante años las encuestas fueron uno de los principales mecanismos para disciplinar aspirantes — herencia prísta— Todos podían competir, todos podían levantar la mano, pero sólo uno recibiría la bendición.
Esta vez el método comenzó a generar incómodas sospechas.
El PT denunció incumplimientos en los acuerdos sobre los sondeos y Morena terminó comprometiéndose a publicar resultados para contener las inconformidades.
Curioso.
El partido que presume democracia interna tuvo que explicar a sus propios aliados cómo había elegido a sus ganadores.
Y mientras Morena administraba la inconformidad, el gran beneficiario volvió a ser el Partido Verde. Ese actor acomodaticio que ha acompañado a todos los gobiernos posibles: PRI, PAN, Movimiento Ciudadano y ahora Morena.
Su extraordinaria capacidad ideológica — hablo del Verde— podría resumirse en una frase: Estar siempre cerca del ganador.
Sin embargo, el verdadero examen comienza ahora. Porque una cosa es ganar una encuesta y otra muy distinta sobrevivir a una campaña.
Destapar tan temprano los refrescos y mostrar las corcholatas tiene una ventaja: elimina incertidumbre y organizar con tiempo las estructuras electorales, quizá generar unidad.
Y también tiene un costo: deja a los candidatos expuestos durante meses al fuego amigo, al fuego enemigo y, sobre todo, a sus propios expedientes.
Si López Obrador podía convertir derrotados internos en sonrientes soldados disciplinados para fotos de unidad. Claudia Sheinbaum debe hacer lo mismo pero en escenarios mas complejos.
Con el tiempo se generan nuevos intereses y grupos, Claudia tendrá que conseguir negociar no solo con las corrientes internas sino con gobernadores, senadores, alcaldes, caciques regionales, petistas, verdes y aspirantes que llevan años construyendo proyectos personales.
Porque cada corcholata elegida deja varios refrescos sin destapar. Y algunos no estarán dispuestos a tener sed.
Ahora comienza la parte difícil: conseguir que quienes perdieron acepten trabajar para quienes ganaron.
La oposición que enfrente Morena quizá no venga solamente del PAN, del PRI o de Movimiento Ciudadano.
Puede venir de adentro.
De los damnificados de las encuestas. De los grupos que quedaron fuera. De quienes llevan años construyendo territorio y descubrieron que una encuesta —además dudosa— puede borrar, en unos minutos, un proyecto político.
Morena tiene territorio, recursos, estructuras y poder presidencial. Pero también tiene 17 gubernaturas en disputa, decenas de aspirantes derrotados y una sola silla por estado.
Los damnificados de Morena no son mudos ni mancos. Y, sobre todo, no son nuevos en política. Tienen territorio, tienen memoria y tienen recursos.
En 2027 veremos si la disciplina del movimiento alcanza para contenerlos. O si, por primera vez, la principal oposición de Morena sale de Morena.
