El viernes escuché en La Mañanera la pregunta que un reportero le hace a la presidente Sheimbaum sobre las supuestas y falsas declaraciones de un medio sobre las listas de amigos y enemigos del gobierno en redes sociales, medios de comunicación y actores poliricos. Situación también negada por el gobierno.
Pero con esa pregunta, bajo ese escenario, solo puedo pensar que el reportero no leyó a Arendt y, si lo hizo, no le entendió.
Hannah Arendt escribió sobre el totalitarismo mucho antes de que existieran las redes sociales, los algoritmos y los ejércitos digitales.
Sin embargo, muchas de sus reflexiones y de sus preguntas siguen teniendo vigencia: ¿qué ocurre cuando el poder deja de intentar controlar lo que la gente piensa y comienza a intervenir en aquello que la gente considera verdadero?
No hace falta llamar totalitario a un gobierno para hacerse esa pregunta. De hecho, hacerlo sería demasiado fácil, vamos, hasta bobalicon.
Lo interesante está en observar cómo se construye el relato, —sí, otra vez el relato y su construcción, la narrativa— y quién establece los marcos de la conversación pública y publicada y qué sucede cuando los hechos empiezan a importar menos que la identidad política de quien los cuenta.
En los últimos días hemos tenido dos episodios que, aunque aparentemente distintos, pueden leerse bajo esa lupa: las listas de medios y la carta de Andrés Manuel López Beltrán a Donald Trump después de que Estados Unidos le revocara la visa.
Empecemos por la carta.
Independientemente de las razones que llevaron al gobierno estadounidense a retirarle la visa a Andres Manuel López Beltrán —razones que hasta ahora no conocemos con precisión—, hay algo que sí sabemos: Andy, o su equipo, convirtió una noticia potencialmente incómoda en una oportunidad política.
La noticia podía ser sencilla: Estados Unidos revocó la visa al hijo del expresidente mexicano.
Pero la carta cambió el encuadre: Andy López Beltrán cuestiona a funcionarios estadounidenses y le pregunta directamente a Donald Trump si estaba enterado de la decisión.
No es un detalle menor y tampoco inocente. Tiene una meta de posicionamiento político y relato.
La conversación dejó de girar exclusivamente alrededor de una pregunta incómoda —¿por qué le quitaron la visa?— para trasladarse hacia otra mucho más favorable políticamente: ¿Andy está enfrentando a Trump?
Y ahí está la eficacia de la operación.
La política contemporánea sabe que no siempre se gana explicando un hecho. A veces se gana consiguiendo que el hecho sea interpretado dentro de otro relato.
Andy no necesitaba demostrar que había ganado una batalla diplomática. Le bastaba con aparecer como alguien dispuesto a plantarse frente al poder estadounidense.
Y lo consiguió.
De pronto, el hijo de López Obrador dejó de ser únicamente el personaje cuestionado por una decisión de Washington y comenzó a aparecer, para una parte de la conversación pública, como el mexicano que le habla de tú a tú a Donald Trump y ademas es una víctima del imperialismo.
Eso es posicionamiento político.
Y probablemente sea una de las consecuencias más interesantes de todo el episodio.
Arendt resulta útil aquí porque distinguía entre la verdad factual y las opiniones que construimos alrededor de ella. Un hecho puede ser incómodo, pero necesita permanecer como hecho para que exista una discusión política racional.
El problema aparece cuando el hecho deja de ser el centro y comienza a importar más quién lo cuenta, quién lo publica y de qué lado está.
Eso nos lleva directamente al otro episodio: las listas de medios.
Porque tampoco aquí deberíamos caer en la tentación de llamar “totalitario” a cualquier gobierno que clasifique, registre o tenga información sobre medios de comunicación.
Los gobiernos hacen listas. Siempre las han hecho y deben saber quiénes son sus interlocutores. Este no es el problema.
La pregunta verdaderamente democrática es:
¿Para qué los clasifica, con qué fin y más aún, para qué lo hace público?
No es lo mismo tener un directorio para distribuir información institucional que construir una clasificación de medios “afines” y “no afines” para determinar quién es castigado o quién debe ser considerado adversario.
La diferencia está en el uso político de la información.
Y aquí Arendt vuelve a ser incómoda, porque el espacio público necesita algo más que opiniones: necesita un mundo común de hechos.
El periodismo cumple precisamente una función en esa construcción.
No porque los periodistas posean la verdad absoluta —no la poseen—, sino porque una sociedad democrática necesita lugares donde los hechos puedan ser confrontados, investigados, discutidos y preservados.
Cuando el poder consigue que una sociedad deje de preguntarse “¿esto ocurrió?” y empiece a preguntarse solamente “¿quién lo dijo?”, algo importante se ha roto.
Y eso no es patrimonio de un solo partido.
Lo hemos visto con gobiernos de todos los colores y todas las tendencias, quiza quieran recirdar a Milán Kundera, socialista convencido en sus inicios, adscrito al partido socialista.
Y hay muchos ejemplos en la derecha.
La tentación del poder siempre es la misma: considerar “independiente” al medio que lo favorece y “vendido” al que lo cuestiona.
Lo novedoso es la velocidad con la que ahora esa clasificación puede convertirse en realidad política.
Un gobierno puede tener sus medios preferidos.
Los medios pueden tener sus gobiernos preferidos.
Los partidos pueden tener sus periodistas preferidos.
Y todos pueden tener sus propias listas.
Pero la democracia comienza a deteriorarse cuando esas listas dejan de ser instrumentos administrativos y se convierten en mapas de lealtades.
Porque entonces ya no se está clasificando información.
Se está clasificando ciudadanía.
Y ahí aparece una paradoja que habría fascinado a Arendt.
Mientras discutimos quién está de un lado y quién del otro, podemos terminar perdiendo aquello que debería estar en medio: los hechos.
La carta de Andy también juega en ese terreno.
No conocemos la razón precisa de la revocación de su visa. Ese es un hecho.
Sabemos que él niega haber cometido alguna conducta que la justifique. Ese es otro hecho.
Sabemos que decidió responder públicamente y dirigir su mensaje a Trump. Otro.
Todo lo demás —que se trata de una persecución, una canallada, una operación política, una represalia o una maniobra propagandística— pertenece al terreno de la interpretación mientras no existan elementos que permitan comprobarlo.
Y justamente ahí debería estar la responsabilidad de los medios.
No convertirse en amplificadores automáticos de una versión ni de la otra.
Preguntar.
Verificar.
Contrastar.
Y, sobre todo, resistirse a que la política les dicte de antemano quién es el bueno y quién es el malo.
Porque también hay que decirlo: la propaganda no siempre llega desde el gobierno.
Puede llegar desde un partido, desde la oposición, desde una red social, desde un influencer o desde un medio que ya decidió qué quiere que sus lectores piensen antes de investigar qué ocurrió.
Arendt no nos ofrece una receta para reconocer automáticamente al autor de una mentira. Pero nos deja la advertencia de que una sociedad puede perder su capacidad de distinguir entre realidad y relato cuando deja de compartir un mínimo suelo factual.
Por eso las listas de medios y la carta de Andy pueden parecer asuntos separados, pero tienen un punto de encuentro.
Ambos hablan del poder de definir el relato.
Un gobierno que clasifica medios puede intentar decidir quién es confiable.
Un político que convierte una crisis personal en una confrontación con Trump ,intenta decidir cómo debe ser interpretada esa crisis.
Unos medios pueden decidir qué versión amplificar y qué relato alimentar.
La pregunta entonces no es quién ganó el día.
La
pregunta es quién consiguió imponer el encuadre.
Y, por ahora, Andy consiguió algo importante: logró que muchos dejaran de verlo como el hombre al que Estados Unidos le quitó la visa para empezar a verlo como el mexicano que se enfrenta a Trump.
Puede que esa haya sido precisamente la intención.
Y si lo fue, funcionó.
No sabemos todavía si detrás de la decisión estadounidense hay una razón política, jurídica, migratoria o de otra naturaleza. Tampoco sabemos si la carta producirá alguna respuesta de Trump.
Pero sabemos algo que Arendt habría reconocido inmediatamente:
en política, controlar el relato no significa controlar la verdad.
Y por eso,
en tiempos de listas, propaganda, polarización y cartas cuidadosamente
dirigidas, quizá la tarea más subversiva del periodismo siga siendo la más
elemental:
volver una y otra vez a los hechos.
No a los amigos.
No a los enemigos.
No a las listas.
A los
hechos.
