Sus socios y medios ponen al público domesticado, ellos recogen el oro
El balón rueda y la caja registradora de la FIFA trabaja.
Esa sí, imparable.
Es un hecho incontenible que esa organización mundial se
come el balón, pero literalmente a los consumidores. Es realmente un rey Midas
sobre el pasto verde: todo lo que toca lo convierte en negocio.
Sus socios en los países le ponen a tiro a los públicos
domesticados y llega la empresa y se lleva el oro.
En la mayor parte de las naciones la sociedad ha sido
educada para el consumo masivo. La gente está inerme para ver y comer, tomar y
comprar.
Tienen masas fanatizadas y son especialmente los niños el
vehículo cautivo que tienen en un puño. El señuelo a ese nivel son los álbumes
de estampas, luego la ropa y después toda clase de baratijas.
Ya se sabe cómo opera el monstruo del consumo. Los chicos
son irresistibles para el bolsillo generoso de los padres y caen
irremediablemente en la trampa. Los infantes son la carnada, los padres
sostienen la caña.
El segmento que sigue hacia arriba en la pirámide social son
los jóvenes. Y ahí, el genio de la seducción, como un monstruo de mil caras,
exhibe ropa, bebidas alcohólicas, zapatos de moda, coches, balones, llaveros,
muñecos de peluche, todo lo imaginable y que se traduzca como “moda”,
“estatus”, “clase”, “nivel”, y toda la escala de competencia inducida.
Hoy a la FIFA la criada le salió respondona, cosa que no
sucedía antiguamente: los chinos han entrado en escena y por la vía más
clandestina que legal se llevan un enooorme trozo del pastel, mediante la
piratería de todo que antes tenían bajo control absoluto los organizadores.
Desde luego nadie prohíbe el legítimo gusto por el deporte,
los equipos favoritos y la pasión del juego. Eso es maravilloso, realmente de
una dimensión inolvidable en la infancia y juventud. Sí, pero la práctica. Aquí
estamos en los tiempos del consumo a nombre de…
La televisión y las pantallas descomunales y los escenarios
en boga donde se come y bebe “por moda” se encargan del resto.
Recuerdo el sencillo consejo de un entrenador juvenil: “El
deporte siempre será mejor hacerlo, aunque se haga mal, que solo verlo, aunque
se vea bien.”
En las formas y tiempos de transmisión por televisión el
televidente cada vez ve más pedazos de partido, porque las pantallas saturan de
comerciales y se roban el marco, las esquinas, los lados y a veces abiertamente
media pantalla o el centro mismo para ofrecer todo lo que el ingenio de la
creatividad impone a los ojos del sujeto preso por la vista y sometido sin
legítima defensa.
Ese invento extraordinario e increíble de la televisión no
es que sea malo, por supuesto que no lo es, pero ya sabemos que en el mundo
globalizado que todo vende no es muy distinto a un revolver. Este sirve para
defender la vida o asaltar un banco.
La magia de la televisión pone las maravillas del mundo en
tus manos, pero también te empuja o
arrastra a las tiendas y exprime tus bolsillos como una sutil adicción a la que
millones acuden con una mansedumbre ovejuna.
Es claro que los mundiales tienen su encanto, aunque esta
división tripartita de países sede les haga perder ese festejo descomunal que
metía a toda una nación, y con ella al mundo, a un festival inolvidable con un
balón como estrella.
La vida me llevó a presenciar dos mundiales desde la sede Puebla
en el “Cuauhtémoc” y ver desfilar junto y gozar con las estrellas de
selecciones como las de España, Italia, Argentina, Perú, Uruguay, Holanda y
muchas más. Además, sin gastar un solo peso por ser parte de la estructura de
apoyo a los medios de comunicación en 1970 y 1986. Sin duda experiencias
inolvidables.
Es sumamente difícil sustraerse a la cadena consumista ya se
sabe, pero ojalá, pasado el carnaval, una corriente de inspiración quedara en
gobiernos, medios, empresas y público, para ver más el deporte como camino
fundamental, coadyuvante de la salud, que sólo como un espectáculo pasivo que
lleva a las masas al engañoso mundo del consumo.
En un país como el nuestro, con indisputables primeros
lugares en obesidad, sobrepeso y diabetes, la realidad nos lo grita todos los
días.
¿No cree usted?
