Frecuentemente nos enteramos de los gastos y gustos
escandalosos de los presidentes municipales. Si no de todos, sí de muchos.
Derroche de millones en fiestas de hijas quinceañeras. Viajes ostentosos por el
mundo. Bodas rimbombantes. Festejos costosos con caballos, francachelas, música
y baile. Ropa costosísima y coches modernos de colores o modelos francamente
charros.
Todo esto con dinero público, sí, de usted y de todos.
Atrás de este comportamiento no es difícil encontrar las
raíces en el poder indígena precortesiano. Si bien la palabra “cacique” nos
viene del caribe o las Antillas, y es de origen arahuaco, se aclimató aquí y
define a una clase del poder primero indígena y luego mestizo.
Ellos eran la máxima autoridad política, militar y religiosa
en su comunidad, encargada de administrar la justicia, organizar la producción
y dirigir la defensa de su territorio. Es decir, por definición no era un
sinónimo de abuso y perversión como hoy lo tiene el término.
Por conveniencia, los españoles utilizaron esta enorme
estructura de liderazgo nativo lo mismo para mantener el pago de tributos que
para conservar un férreo control sobre la población dominada.
Esta figura no está separada del ladino, ambas se funden y ahí
hallamos los orígenes de este eslabón del poder que existe hoy en México, pero
de manera especial en ciertas regiones ayer rurales y hoy urbanas o
semiurbanas.
Si bien ladino es una palabra que se aplicó primero a los
judíos sefardíes, es decir, al idioma que hablaban derivado del latín, el
término llega a América con la conquista y define a quien es astuto, sagaz, que
habla y actúa con disimulo. Luego se le aplica un sentido negativo y es casi
sinónimo de pillo, taimado y tramposo.
Más acá, así definen los estudiosos de la evolución del
término, a quien o quienes se valen de ciertas ventajas en su medio (hablar el
español o la castilla, saber leer y escribir, vestir como “los de arriba”, y
ser muy hábil para los negocios en su provecho) para identificarse más con el
español gobernante y “mandón” que con sus hermanos de origen y clase.
Bien pronto se distancian de este su origen, reniegan de su
naturaleza y no solo ello sino que hacen ostentación de tal condición y
ventajas para sustituir a sus hermanos,
representarlos y… explotarlos.
Si se rasca un poco en las estructuras sociales del país,
ahí encontramos el porqué de este comportamiento enfermizo -pero consciente- de
una gran cantidad de presidentes transmutados de caciques de huarache ayer, y
hoy verdaderos cresos que forman parte de la clase política.
Igual que aconteció con el dominio español, los partidos se
han valido de ellos, o los han utilizado, para asegurar la conquista del poder
o el mantenimiento del orden y control de vastas porciones de la sociedad. Eso
aconteció en el México rural. Hoy, en el caso del territorio poblano, con el 75
por ciento urbano y menos del 25 rural (exactamente al revés de antes) el
cuadro se repite.
Les viene de lejos esta propensión al lujo sin medida, como una
práctica nata del abuso reivindicador del poder de siempre. Esto, explicado en
el lenguaje popular se expone como “aunque la mona se vista de seda, mona se
queda.”
El boato y pompa que con ostentación desbordante hacen con
una infinita variedad de formas, retrata perfectamente a estos personajes que
abundan, multiplicados en gran parte del país, en todas las condiciones de la
geografía social. Por sus gustos y estilo los conoceréis.
Sujetos a la observación elemental, cualquiera concluye que
no tienen un comportamiento cultural que desean, añoran o imitan; carecen de
estilo, formas, modos y modales. En algunos casos los hijos de tales personajes
simplemente replican el modelo paterno, en otros, cuando toman conciencia de su
papel y condición se distancian y definen un camino propio y diferente. Son los
pocos.
Las mieles del poder, la recompensa abundante e inmediata
pueden más que los principios.
Observe usted y estará de acuerdo.
