Agua, marginación y el mapa de la desigualdad en Puebla

Pese a que en la entidad la pobreza de ingresos ha tenido una disminución significativa; el otro lado de la pobreza, la desigualdad, sigue siendo un problema sin resolver.

La escasez de agua potable ha dejado de ser un problema estrictamente ambiental o de infraestructura para convertirse en el indicador más nítido de la segregación social en el estado de Puebla.

Puebla es una entidad marcada por contrastes profundos, el acceso al agua no se distribuye bajo criterios de necesidad humana, sino de poder adquisitivo y ubicación geográfica. La ecuación es tan simple como devastadora: a mayor marginación, menor es la probabilidad de recibir una gota de agua limpia en el hogar.

Los datos recientes sobre la realidad de la entidad son reveladores. Si bien se han documentado avances en la recuperación del poder adquisitivo de los hogares y una disminución en los indicadores de pobreza por ingresos, la estructura de los derechos sociales fundamentales sigue fracturada.

En Puebla, los rezagos en los servicios públicos más elementales actúan como un ancla que impide un bienestar sostenible. De poco sirve que una familia logre rebasar marginalmente la línea de la pobreza por ingresos si las carencias en su entorno inmediato la obligan a destinar gran parte de sus recursos a mitigar las omisiones del Estado.

El problema del agua en Puebla es el reflejo de una política pública municipal y estatal que históricamente ha priorizado la centralización de la infraestructura en los polos de desarrollo y zonas residenciales, relegando a las periferias urbanas y a las comunidades rurales a un olvido sistemático.

Mientras que en ciertos sectores urbanos el suministro es regular, en las juntas auxiliares y municipios de alta marginación el desabasto es la norma. Aquí es donde la escasez se entrelaza con la pobreza: las familias más vulnerables se ven obligadas a pagar tarifas desproporcionadas a pipas o a consumir agua de fuentes contaminadas, comprometiendo gravemente su salud y su economía.

Esta crisis se agudiza ante la falta de resiliencia urbana frente al cambio climático. Paradójicamente, mientras muchas regiones sufren por la sequía y la falta de redes de distribución, otras padecen el colapso de sus drenajes pluviales e inundaciones recurrentes durante la temporada de lluvias.

La falta de planeación estructural e inversión en infraestructura hídrica y de saneamiento condena a los municipios tanto al desabasto como a la vulnerabilidad ante los desastres naturales.

 

La falta de agua y la marginación no se van a resolver con paliativos temporales o programas de tandeo mal ejecutados.

Se requiere un cambio de paradigma urgente en la gestión metropolitana y municipal, donde el agua sea tratada como lo que es: un derecho humano constitucional y el pilar indispensable para cualquier estrategia real de erradicación de la pobreza.

Romper la doble condena que pesa sobre los sectores más desfavorecidos de Puebla exige inversión masiva, transparencia y, sobre todo, la voluntad política de entender que la justicia social empieza abriendo la llave del agua para todos.

Nos leemos en la próxima, gracias por su lectura y sus comentarios.

Síguenos en:

X: “Escenarios” / @ferinchaustegui

Facebook: @ @municipalidadesrevista

Instagram: @ municipalidades.revista

Artículo Anterior Artículo Siguiente