Nadie
notó exactamente cuándo dejó de importar la persona; ese ser físico
dotado de razón, identidad, conciencia y voluntad. Tampoco se advirtió cuándo dejó
de importar la verdad, o al menos su búsqueda. Al principio fue casi
imperceptible. Pero algo había cambiado.
Las búsquedas y las consultas en Internet y la IA seguían arrojando millones de resultados y produciendo un calentamiento global del que no se hablaba. Los medios continuaban publicando, a veces haciendo “cajas chinas”, pero eso ya no importaba. Los gobiernos seguían ofreciendo conferencias que pocos escuchaban. Las universidades seguían produciendo estudios que, dependiendo de los intereses, eran o no aplicables.
Todo parecía funcionar bien.
Los
grandes críticos envejecieron, murieron o fueron sustituidos por una
generación que había nacido dentro de un sistema donde cuestionar era
equivalente a ser conflictivo o loco.
Una juventud totalmente asimilada y callada frente a situaciones que les resultaban normales, que aceptaba todo porque alzar la voz, “¿de qué sirve?”, decían, y cuya pobreza intelectual y económica era algo normal.
Con ellos, desapareció la costumbre de cuestionar la tecnología, de sospechar de las soluciones demasiado simples y de preguntarse quién se beneficiaba realmente de cada hecho y de cada avance.
La calidad de los audios en la radio dejó de importar. Las fotografías comenzaron a ser reemplazadas por ilustraciones. Los videos sintéticos ocuparon el lugar de los testimonios. La representación sustituyó gradualmente a la evidencia.
Nadie parecía inquietarse. Por el contrario, muchos lo celebraban; otros decían: “Que se ocupe de ello quien debe, los ecologistas, por ejemplo. Si a mí me trae ganancias, no tiene por qué importarme el calentamiento, y a ti tampoco. ¿O puedes hacer algo?”.
La
gente ya no preguntaba qué había ocurrido, cómo o quién era responsable. Solo
preguntaba qué debía pensar al respecto.
Y
fue ahí, en ese desplazamiento aparentemente técnico e innovador, donde nació
una nueva forma de poder.
No estaba en los gobiernos ni en los periodistas. Tampoco en las corporaciones visibles. El poder pertenecía a quien respondía primero. A quien podía sintetizar, simplificar y convertir la complejidad en una frase breve, emocional y compatible con el historial de opiniones, con los sentimientos o estímulos de la mayoría.
El poder pertenecía a quien lograba instalar una interpretación medianamente creíble antes de que aparecieran los hechos completos y, a través de ello, persuadir de cualquier cosa.
Las
plataformas lo llamaban asistencia inteligente. Los gobiernos, estrategia de
comunicación. Las consultoras, arquitectura narrativa. Pero, entre quienes
comprendían la magnitud del cambio, tenía otro nombre: control de narrativa.
El
primer gran experimento ocurrió durante una crisis internacional: un
ataque, versiones cruzadas, videos manipulados y declaraciones contradictorias.
Todos lo creían, pues los miles de datos eran inverificables, más aún en tiempo
real.
En menos de diez minutos, millones de personas recibían una explicación coherente, personalizada y emocionalmente compatible con sus creencias previas.
No era propaganda tradicional.
Era algo mucho más eficiente que se filtraba como propio. No se imponía una versión de los hechos; se sugerían reflexiones individuales como anillo al dedo. La conclusión llegaba antes que la pregunta.
En México nadie discutió seriamente el fenómeno. Se hablaba de violencia, de crimen organizado, de gobernabilidad y seguridad. Pero casi nadie analizaba cómo las percepciones sobre esos temas comenzaban a alinearse sin necesidad de censura. Y, si alguien llegara a sugerirlo, era descalificado y visto como conspiranoico.
Un
líder criminal aparecía en tendencia. Un video sobre la irrupción violenta de
un comando armado a una casa. Otro video se filtraba, una señora borracha que
terminaba siendo importante. Una historia dominaba la conversación pública,
otra se ocultaba.
De
inmediato millones de usuarios recibían interpretaciones ligeramente distintas,
diseñadas para producir la misma consecuencia: aceptación, resignación o
miedo.
—“Esto
demuestra que el Estado perdió el control.”
—“Esto
confirma que el Estado mantiene el control.”
—“Esto fue un montaje para…”
Dependía de quién estuviera del otro lado de la pantalla controlando la narrativa: el algoritmo. Y podía no ser mentira. Pero tampoco era la verdad. Era simplemente la respuesta más útil para quien la había diseñado.
Algunas
redacciones intentaron resistir. Los reporteros seguían investigando.
Contrastaban fuentes. Verificaban documentos. Reconstruían hechos. Pero
llegaban tarde. Siempre tarde.
Cuando la investigación concluía, la interpretación ya se había instalado en millones de dispositivos y mentes que consumían y olvidaban.
La conversación había terminado antes de que apareciera la evidencia. El punto de quiebre no fue una guerra, una elección o una revolución. Fue algo mucho más simple. Un día, millones de personas dejaron de formular preguntas propias. Porque ya tenían respuestas antes de pensarlas.
Alguien
entendió que controlar la información era costoso e imperfecto. Pero controlar
las respuestas era infinitamente menos desgastante y más eficaz. Para entonces
ya se había consolidado el gran “registro digital” que transformó la identidad
de las personas en una secuencia verificable de datos. El teléfono dejó de
ser una herramienta. Se convirtió en un requisito de existencia.
La personalidad real fue cediendo terreno frente a una personalidad digital administrada, validada y actualizada por sistemas cada vez más complejos e, incluso, ajenos a los gobiernos.
Los mismos medios de comunicación habían validado esa política gubernamental, sin críticas e invitando a la gente a registrarse. Los argumentos utilizaban el miedo a no hacerlo por cuestión de las aplicaciones bancarias, la seguridad o el robo de datos, y con el hype de la “reducción de fraudes”. Sin ir al meollo del asunto: ¿cómo es posible perder tu derecho de acceso a tus recursos sin un celular?
La
personalidad jurídica seguía apareciendo en las constituciones. Pero en la
práctica operaba una personalidad digital. Sin un dispositivo digital era
imposible acreditar identidad, acceder a servicios financieros, realizar
trámites, recibir apoyos, contratar servicios, ejercer derechos o participar
plenamente en la vida económica.
Quien perdía acceso a su dispositivo no solo perdía comunicación. Perdía la capacidad de acreditar quién era.
Y una
sociedad que acepta que la existencia práctica de una persona depende de un
dispositivo conectado, ha aceptado que la ciudadanía puede convertirse en una
licencia tecnológica.
Lo más sorprendente fue que casi nadie se opuso. No hubo grandes resistencias políticas ni debates de fondo. No hubo una discusión seria sobre los límites del poder tecnológico. Las diferencias quedaron reducidas a procedimientos, presupuestos y calendarios de implementación. Se discutía cómo hacerlo, pero no se cuestionaba si debía hacerse.
Las
“leyes de protección de datos” crecían sin descanso. Nuevos organismos y
protocolos. Nuevas regulaciones y certificaciones que dejaban buenos ingresos.
Nuevas
promesas sobre una protección jurídica que cada vez era más lejana.
Paradójicamente, cuanto más se hablaba de privacidad, más información se concentraba y vendía.
Cuanto
más se hablaba de seguridad, más dependiente se volvía la sociedad. Y cuanto más se hablaba de
control, menos control conservaban las personas sobre sí mismas. Los fraudes,
las extorsiones, la suplantación de identidad y las filtraciones masivas no
desaparecieron, pero sí evolucionaron. Porque la tecnología resolvía
problemas antiguos mientras creaba otros nuevos a una velocidad superior, y
cada fracaso era presentado como la justificación para una nueva capa
tecnológica.
Más
registros, validaciones, nuevas biometrías… Más monitoreo, control y
dependencia.
La
promesa de la seguridad absoluta se convirtió en el negocio perfecto. Como la
zanahoria al caballo. Nunca llegaba.
La
nueva actualización, la siguiente plataforma, la innovación resolvería los
problemas de la anterior; corregiría las fallas o garantizaría finalmente la
protección prometida.
Y
así, pasaron décadas.
Lo
único que creció sin interrupción fue la capacidad de recopilar información
sobre cada individuo.
Un
hype permanente sostenido por la fe de que más datos producirían más certeza y
más vigilancia produciría más protección.
Mientras
la incertidumbre, los riesgos y los abusos permanecían.
Y
cuando la mayoría lo comprendió, ya era demasiado tarde. Porque el verdadero
triunfo del sistema no había sido registrar a las personas. Había sido
convencerlas de que no podían vivir sin él.
Y
una vez que una sociedad acepta eso, la libertad desaparece por paulatina
costumbre.
