El 11 de junio de 2026 sonó el silbatazo inicial en el Estadio Azteca y México hizo historia al convertirse, por tercera ocasión, el país sede de la Copa del Mundo, el único hasta este año.
Más allá del récord deportivo y el clima ‘festivo’, el acontecimiento ofrece una oportunidad para mirar medio siglo de transformaciones nacionales y sirve para revisar cómo se une el espectáculo deportivo y la política.
Entre 1970, 1986 y 2026 no sólo cambiaron el fútbol, los estadios o la tecnología. Cambió el país, cambió el mundo y cambió la forma en que México se mira a sí mismo, se presenta ante el mundo y lo miran los demás.
1970: lo llamaremos el “Mundial de la modernidad”
México organizó el primer Mundial celebrado fuera de Europa y Sudamérica. Era gobernado por el PRI, en su etapa de mayor poder político, bajo la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz.
Dos años antes había ocurrido la Matanza de Tlatelolco y otros despliegues de un régimen que creó una herida que contrastaba con la imagen de estabilidad y progreso que el gobierno buscaba proyectar al exterior.
En lo futbolístico, el Mundial representó una revolución: se logró la primera transmisión masiva a color. Aparecieron las tarjetas amarilla y roja y se introdujeron formalmente los cambios durante los partidos.
Pelé se conssgró en ese mundial y ya nadie lo movió de su posición de leyenda de una de las mejores selecciones brasileñas de la historia.
México quería mostrarse como una nación moderna y capaz. El Mundial fue una herramienta de diplomacia y prestigio internacional para lograrlo.
1986: será “el Mundial de la asimilación”
México volvió a organizar una Copa del Mundo, dieciséis años después. No era algo planeado, pero Colombia renunció a la sede y México asumió el reto.
Gobernaba Miguel de la Madrid. Un presidente no muy carismático, técnico más que político. El país atravesaba una severa crisis económica y acababa de sufrir el terremoto de 1985.
El mensaje político
al organizar el torneo internacional era que: México seguía de pie.
Fue un momento reparador, de conciencia y organización ciudadana, surgió una sociedad civil más crítica y exigente que sabía lo que podía lograr. Muchos ciudadanos descubrieron durante la emergencia que podían actuar al margen de las estructuras gubernamentales y hacerlo mejor.
El Mundial quedó marcado en las canchas por Diego Armando Maradona, la "Mano de Dios", y el "Gol del Siglo" que siguen en la memoria fe quien los vió y aún los comentan en cada mundial. Para lis argentinos el fervor ha sido tal, que hasta deidad han hecho del jugador.
El torneo creció de 16 a 24 selecciones, reflejando una Federación de Fútbol más global y poderosa, así como un deporte cada vez más comercial.
2026: lo llamaremos “el Mundial de la expansión territorial’
México volvió a hacer historia al convertirse en el primer
país con tres Copas del Mundo.
Pero ahora el contexto es completamente distinto, al vompartir la sede con otras dos naciones: Estados Unidos y Canadá. Como queriendo romper unas fronteras que en la realidad están bien custodiadas.
Gobierna Claudia Sheinbaum y el país llega después de la profunda transformación política iniciada por Andrés Manuel López Obrador y su 4T.
Futbolísticamente es el torneo más grande de la historia: 48 selecciones, 104 partidos. Audiencias digitales globales, Inteligencia artificial, análisis de datos y transmisión multiplataforma.
Sin embargo, detrás de la celebración aparecen nuevos desafíos en nuestro país: la violencia del crimen organizado, la polarización política y las tensiones con Estados Unidos por seguridad, migración y narcotráfico. En un contexto internacional y nacional sobre libertades, vigilancia digital y concentración de poder.
Hoy México ya no busca demostrar que es moderno, sino que es capaz de gobernar la complejidad y esa complejidad también lo hace profundamente distinto a las otras sedes y al resto del mundo. No porque no la tengan, sino por lo que implica en nuestro país y nuestra cultura.
El Mundial pasó de ser una competencia relativamente exclusiva —reducido número de selecciones—, a un espectáculo verdaderamente planetario.
El Mundial es más global porque llega a más rincones del planeta, a través de las pantallas y genera más dinero que nunca, pero es menos inclusivo porque ha expulsado de las gradas y del acceso directo a la clase trabajadora que lo creó. Pasó de ser un patrimonio popular a un producto corporativo reservado para quien pueda pagarlo.
Al buscar un estándar global de entretenimiento que sea idéntico en Nueva York, Tokio o París, se desplaza a la cultura popular que le dio vida al fútbol. Pasó de ser un patrimonio popular a un producto corporativo reservado para quien pueda pagarlo.
El Mundial se ha vuelto un espectáculo prohibitivo para la afición común, transformando los estadios en zonas de corporativos y turismo de alto poder adquisitivo.
Además, el talento y el dinero se han concentrado en un solo lugar: las grandes ligas europeas. Esto genera una falsa inclusión en el Mundial que no puede solo obviarse.
Y de las constantes que atraviesan los tres Mundiales para
México concluimos que cada gobierno ha utilizado la Copa del Mundo para enviar
un mensaje:
En 1970: "México es moderno."
En 1986: "México puede levantarse de la tragedia."
En 2026: "México sigue siendo un actor relevante en
América del Norte y en el escenario global o México forma parte del poder
global continente."
Y existe otra constante aún más poderosa.
El fútbol sigue funcionando como un raro espacio donde las diferencias políticas, ideológicas y sociales se dejan fuera por noventa minutos.
La paradoja es que todo es una historia de retornos en espiral: México pasó de las tarjetas recién inventadas a la inteligencia artificial y las revisiones en video; del autoritarismo hegemónico a la disputa política permanente y las narrativas autocraticas; de Pelé a Maradona y de Maradona a una Copa del Mundo compartida entre tres países.
Los Mundiales de 1970, 1986 y 2026 no sólo cuentan la historia del fútbol. También cuentan, cada uno a su manera, la historia de México.
