Disparos sin origen: la normalización de lo inexplicable

No me refiero a la guerra de Medio Oriente, cuya hasbara  se deshace en justificar. Hay fenómenos que se vuelven peligrosos no por su intensidad, sino por su persistencia sin explicación.

Lo que ocurre en la Vía Atlixcáyotl y el Periférico Ecológico en Puebla ya no puede leerse como una serie de incidentes aislados, hace más de 7 años se quejaban por huevazos y piedras, y se cuestionaba duramente porque “podría darse un accidente”.

Desde 2022 —al menos— se han documentado disparos contra vehículos, personas heridas y daños materiales, sin que exista hasta hoy un solo responsable identificado.

Cuatro años después, el fenómeno sigue sin nombre claro.

Y, sin embargo, hay discurso y cuestionamientos apenas perceptibles.

El pasado miércoles 29 de abril, según consta en varios medios, en conferencia de prensa, el titular de la Secretaría de Seguridad Pública, , afirmó que, con base en análisis de trayectorias, los disparos “podrían provenir de edificios cercanos”.

La declaración, retomada en distintos medios, se acompaña de otra frase que merece atención:

“Sí tenemos algunas situaciones que nos ocupan y preocupan, pero no es un tema para crear psicosis”.

Y más aún: estos actos serían “una imitación a prácticas que se presentan en otros países”.

Las palabras importan.

Y en este caso, también pesan.

Porque mientras la autoridad sugiere un posible origen técnico —edificios, ángulos, trayectorias—, al mismo tiempo reconoce que no hay responsables, que no todos los casos están confirmados y que incluso muchos no se denuncian al 911, sino que aparecen primero en redes sociales. Por tanto ¿no existen?

Es decir: el fenómeno existe, pero institucionalmente es fragmentario y por lo tanto no investigable.

La tensión es evidente.

Por un lado, una explicación que intenta dar certeza; por el otro, una realidad que la desborda.

Más aún cuando los hechos documentados contradicen cualquier intento de minimización.

Un menor herido en el rostro.

Un repartidor con fractura de tibia que no podrá trabajar por meses.

Conductores con impactos de bala en plena circulación.

Una mujer muerta por una bala perdida. Un trabajador de construcción alcanzado en el pecho.

No se trata de percepción.

Se trata de hechos acumulados y graves.

En ese contexto, atribuir el fenómeno a una “imitación de otros países” no solo resulta insuficiente: desplaza el problema. Lo saca del territorio concreto y lo convierte en una especie de eco global, como si la violencia fuera una moda importada y no un síntoma de condiciones locales.

Las balas no se imitan: se disparan

Se desplazan desde algún lugar específico, en un contexto específico, contra personas específicas.

Y aquí es donde la propia declaración abre una grieta: si los disparos “provienen de edificios”, entonces no estamos frente a una abstracción, sino ante un problema de control territorial, de vigilancia urbana y de responsabilidad institucional en zonas perfectamente identificables.

La Atlixcáyotl no es una periferia invisible. Es uno de los corredores más transitados, vigilados y económicamente relevantes de la ciudad. Pensar que desde ahí pueden originarse disparos durante años sin detección efectiva no es un dato menor: es un síntoma.

A ello se suma otro elemento inquietante: la subnotificación. Si, como reconocen las autoridades, muchos casos no llegan al 911, entonces el fenómeno no solo es persistente, sino parcialmente invisible para el propio sistema que debería registrarlo.

¿Está funcionando correctamente el 911 o simplemente ya no se da respuesta desde ahí, porque no contestan, porque omiten, porque no se da solución?

Y lo que no se mide, difícilmente se controla.

Hablar de casos aislados, de eventos no confirmados o de situaciones que no deben generar “psicosis” puede ser útil para contener el pánico, pero también corre el riesgo de contener —y diluir— la responsabilidad.

Porque entre alarmar y minimizar existe una tercera vía: asumir la gravedad con claridad.

Cuatro años sin detenidos no son un accidente. Son un mensaje de impunidad.

Un mensaje de incertidumbre y de una institucionalidad que observa el fenómeno sin lograr cerrarlo.

Y en ese desfase —entre lo que se sabe y lo que se puede— es donde se instala la desconfianza pública.

Al final, la pregunta ya no es solo de dónde vienen los disparos.

La pregunta es por qué, después de tanto tiempo, seguimos aceptando que no haya respuesta.

Puebla no debería acostumbrarse a la falta de respuestas y responsabilidades.

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