Recortar representantes: Recortar democracia

El debate sobre la reforma electoral continúa desplazándose del terreno técnico al político por todo el territorio nacional. Y lo ocurrido en Puebla  este 13 de abril en el H. Congreso del Estado, lo confirma.

La propuesta enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum el 4 de marzo de 2026 buscaba modificar piezas estructurales del sistema electoral: reducir el Senado y las regidurías, ajustar el financiamiento público, regular el uso de inteligencia artificial en propaganda y modificar la asignación de diputados de representación proporcional. 

Sin embargo, tras el rechazo legislativo, la discusión ha girado hacia un eje más simple y políticamente rentable: austeridad y reducción de estructuras. 

Ese fue el tono que dominó el encuentro encabezado por el legislador Alfonso Ramírez Cuéllar. La defensa de la reforma no se centró en explicar cómo se garantizaría la representatividad, sino en presentarla como una medida de austeridad y como un instrumento para desmontar estructuras asociadas a la corrupción del pasado, particularmente atribuidas al PRI y al PAN. 

El argumento central fue claro: reducir legisladores, disminuir regidores, recortar financiamiento y adelgazar el aparato electoral para liberar recursos públicos. Desarticular  la “burocracia dorada”. 

Según se afirmó, esos ahorros se destinarían a desarrollo social e infraestructura.

La promesa es políticamente poderosa.

Menos gasto en política, más recursos para la gente. 

Auque, dicho sea de paso, la afirmación quedó en el terreno declarativo. No se detalló el monto estimado del ahorro, ni el mecanismo presupuestal para redirigirlo, ni los tiempos de implementación. 

Tampoco se explicó con precisión cómo se evitaría que la reducción de estructuras impacte la representación política. 

El discurso añadió además otro elemento: se aseguró que la reforma fortalecería los mecanismos de participación ciudadana. Sin embargo, tampoco se especificó cuáles serían esos mecanismos, cuándo se implementarían ni bajo qué reglas operarían. 

La participación ciudadana fue mencionada como promesa, no como diseño institucional. 

Durante la conferencia magistral, realizada bajo la conducción del diputado Pável Gaspar Ramírez, presidente de la Junta de Gobierno y Coordinación Política del Congreso, y con la participación del especialista Miguel Ángel Garita Alonso, el formato mismo evidenció una paradoja. No hubo espacio formal para preguntas. 

La conferencia titilada Impacto de la Reforma Electoral en la Democracia Mexicana, solo fue la exposición de lo que ya habíamos comentado aquí hace unas semanas y no hubo diálogo. 

La única voz que logró romper ese esquema fue la de Fedra Suriano, diputada por Movimiento Ciudadano, quien, en un evento sin espacio para cuestionamientos, colocó su inquietud. Fue la única intervención crítica y la única que logró introducir una pregunta donde no estaba previsto preguntar. 

El episodio resulta revelador.

En una discusión sobre ampliar la participación ciudadana, la única participación surgió fuera del formato institucional. Lo cual no ya no es novedad. 

El debate, mientras tanto, continúa anclado en el argumento presupuestal. Reducir plurinominales, disminuir estructuras, recortar financiamiento. Todo bajo la lógica de la austeridad. 

Pero el sistema de representación proporcional no se creó para inflar burocracias, sino para evitar distorsiones entre votos y poder legislativo. Sin ese mecanismo, un partido con una pluralidad relativa podría concentrar una mayoría sobrerrepresentada. Lo cual no se pone en tela de juicio desde la narrativa oficial. 

Ese es el punto que permanece sin respuesta clara. 

¿La reforma prioriza la eficiencia presupuestal sobre el pluralismo político?

¿Puede reducirse el número de representantes sin reducir la representación? En el Senado quiza es lo deseable y sdecuado, pero en el resto de organos de representacion ¿Lo es? 

La discusión tampoco ha profundizado en otro efecto directo: menos legisladores y menos regidores implican menos voces en los órganos de decisión y, potencialmente, mayor concentración del poder. 

La austeridad puede ser popular.

Pero la democracia representativa tiene un costo estructural. 

Ese costo no siempre se mide en sueldos, sino en algo más complejo: la diversidad política dentro de los órganos de gobierno. 

El fracaso legislativo inicial abrió la puerta al llamado “Plan B”, que sólo podría modificar aspectos administrativos sin tocar el núcleo constitucional del sistema proporcional. 

Por eso la discusión real parece moverse fuera del Congreso. Cuando no hay mayoría calificada, la arena principal deja de ser legislativa y se vuelve discursiva.

Y en esa arena, el argumento de la austeridad suele imponerse con facilidad, aun cuando las implicaciones institucionales no estén completamente explicadas. 

La pregunta que sigue abierta —y que hoy apenas logró colarse en un foro sin preguntas— es otra:

¿Puede reducirse el número de representantes sin reducir la representación? 

Porque en democracia, a diferencia de otras áreas del gasto público, no siempre lo más barato resulta lo más representativo. 

Y cuando las promesas de ahorro, desarrollo social, infraestructura y mayor participación ciudadana no se acompañan de mecanismos concretos, la discusión deja de ser técnica y se convierte en narrativa. 

Una narrativa eficaz, sin duda.

Pero aún incompleta.

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