Hablar de Cuetzalan del Progreso es hablar de un México que resiste al tiempo. No es un “Pueblo Mágico” construido para el turista; es un territorio donde la magia existía mucho antes del nombramiento. En la Sierra Nororiental de Puebla, entre neblina persistente, cafetales y montañas húmedas, Cuetzalan se presenta como el original, el auténtico: un pueblo donde la identidad no se maquilla, se vive.
Llegar no es únicamente
trasladarse en el mapa; es entrar en otra lógica. La carretera se vuelve cada
vez más estrecha, más verde, más húmeda. Cuando la neblina empieza a cubrirlo
todo, uno entiende que la escapada no será una pausa cualquiera, sino una inmersión.
El viernes por la tarde transcurre con un ritmo distinto: instalarse en una
posada, salir a caminar sin prisa, dejar que las calles empedradas (húmedas por
la llovizna) marquen el paso.
Frente a la verticalidad
caprichosa de la Parroquia de San Francisco de Asís, con su torre que parece
desafiar la lógica, se revela una primera certeza: aquí la estética no responde
a cánones urbanos, sino a una adaptación orgánica al entorno. La piedra no es
ornamento, es memoria.
El sábado comienza temprano,
no por disciplina sino por inercia colectiva. El tianguis dominical, funciona
como un sistema vivo. Voces en náhuatl o totonaco, intercambio directo,
productos que no han pasado por intermediarios. Desayunar ahí es entender que
el consumo puede ser también identidad: café local, pan, fruta, todo con
historia.
En ese mismo espacio
simbólico, la presencia del pueblo nahua no es folclor, es estructura social. Y
ahí mismo, hacia el mediodía, los Danza de los Voladores descienden desde lo
alto como un recordatorio de continuidad. No es espectáculo en sentido estricto;
es una práctica viva. El visitante deja de ser espectador y se vuelve testigo.
La tarde lleva fuera del
centro, hacia espacios donde el tiempo se percibe distinto. La Zona
Arqueológica de Yohualichan aparece sin saturación, casi en silencio. Sus
estructuras, parcialmente cubiertas por vegetación, refuerzan la idea de que
Cuetzalan no es un punto aislado, sino parte de un proceso histórico largo que
no ha sido interrumpido del todo.
El territorio también es agua:
grutas, cascadas y ríos que no han sido domesticados. Ahí el cuerpo se ajusta
al entorno, no al revés. No hay infraestructura invasiva ni simulación; hay
contacto directo. Y ese contacto, aunque exigente, es parte del encanto.
El domingo tiene otro tono. El
regreso comienza desde el desayuno, pero antes queda una última caminata sin
rumbo. La neblina sigue ahí, como si el tiempo no hubiera pasado. En ese
momento se entiende lo esencial: el encanto de Cuetzalan no está en lo que
ofrece, sino en lo que provoca.
Porque lo “mágico” no radica
en la etiqueta del programa Pueblos Mágicos. Radica en su capacidad de seguir
siendo lo que era antes del reconocimiento: un pueblo vivo, indígena, húmedo,
vertical y profundamente humano.
En tiempos donde muchos
destinos se reinventan para agradar, Cuetzalan resiste para permanecer. Y en
esa resistencia —que se experimenta más que se observa— está su autenticidad.
Una escapada basta para confirmarlo: aquí el tiempo no se mide, se siente.
Acá entre nos, mi
reconocimiento al Gobierno del Estado por las condiciones en que se encuentra
la carretera, desde la desviación en Zaragoza hasta Cuetzalan, las condiciones
son muy buenas, prácticamente sin baches.
** El Autor es municipalista
Correo: gabriel.lopez@ideasac.org.mx
