Menos regidores, ¿mejores municipios?

Acá entre nos, La discusión sobre la reforma al artículo 115, fracción I de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria: ¿sirven realmente los cabildos como hoy están diseñados?

En el papel, el ayuntamiento es el corazón de la vida municipal. Un órgano colegiado, plural, deliberativo, donde el presidente municipal, síndicos y regidores construyen acuerdos para gobernar. En la práctica, sin embargo, esa arquitectura institucional suele diluirse en la rutina: sesiones protocolarias, votaciones predecibles y una representación proporcional que rara vez se traduce en contrapeso efectivo.

La propuesta de reforma apunta en una dirección clara: reducir el número de regidores y revisar (pero no eliminar) la representación proporcional. El argumento es directo: cabildos más pequeños implican menos gasto, decisiones más ágiles y, en teoría, mayor eficiencia gubernamental.

No es un diagnóstico equivocado. En muchos municipios (la mayoría), los regidores han dejado de ser actores políticos con agenda propia para convertirse en piezas accesorias del engranaje administrativo. La crítica no es nueva: figuras sin territorio, sin iniciativa y, en demasiados casos, sin incidencia real en las decisiones públicas.

Pero reducir el problema al número es, cuando menos, simplista.

El riesgo de esta reforma es igual de evidente que su intención: al adelgazar el cabildo, se puede terminar debilitando lo poco que queda de su función como órgano de control. Menos voces no necesariamente significan mejores decisiones; pueden significar, simplemente, menos deliberación. Y en un país con una larga tradición de concentración del poder, el municipio no es la excepción.

El verdadero dilema no está entre tener muchos o pocos regidores, sino entre tener representantes funcionales o estructuras simuladas. Hoy el problema central no es cuantitativo, es institucional: regidores sin incentivos para fiscalizar, sin herramientas técnicas para proponer y sin mecanismos reales de rendición de cuentas.

Así, la reforma corre el riesgo de atender el síntoma (el tamaño de los cabildos) sin tocar la enfermedad de fondo: la debilidad estructural del gobierno municipal.

Si el objetivo es mejorar la calidad del gobierno local, la discusión debería ir más lejos. Profesionalización obligatoria, servicio civil de carrera, evaluación de desempeño, transparencia en el ejercicio del cargo y reglas claras de responsabilidad política. Sin estos elementos, cualquier ajuste será cosmético.

Porque al final, el municipio no necesita menos política. Necesita mejor política.

Acá entre nos, Reducir regidores puede hacer más pequeño el problema. Pero no necesariamente lo va a resolver.


**El Autor es municipalista

Correo: gabriel.lopez@gmail.com 


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