Por décadas, la basura en Puebla se trató como un asunto operativo: camiones que recogen bolsas, rutas de recolección y un sitio donde enterrarla. El problema es que la basura no desaparece cuando el camión dobla la esquina; simplemente cambia de lugar. Y ese lugar se llama Chiltepeque.
El
relleno sanitario ubicado en la zona de Santo Tomás Chautla se convirtió en el
gran receptor de residuos de la capital y de varios municipios metropolitanos.
Lo que originalmente fue diseñado para atender una necesidad específica terminó
absorbiendo la presión de una zona urbana cada vez más grande y más consumista.
Hoy ya no hablamos solamente de Puebla capital; hablamos de una metrópoli que
involucra municipios como San Andrés Cholula, San Pedro Cholula, Cuautlancingo,
Coronango, Amozoc, Huejotzingo y otros que diariamente generan cientos de
toneladas de residuos.
El
problema es que durante años la lógica fue sencilla: abrir una celda, llenarla
y luego buscar otra. Pero esa política tiene fecha de caducidad. El crecimiento
poblacional, la expansión urbana y el aumento en la generación de residuos han
provocado que la capacidad de Chiltepeque se encuentre bajo una presión
constante.
Pero
junto al problema técnico existe un problema político: la irresponsabilidad
gubernamental.
Los
ayuntamientos, particularmente el de Puebla capital, han administrado la basura
bajo una lógica de corto plazo. Se gobierna pensando en periodos de tres años y
no en necesidades metropolitanas de veinte o treinta. Mientras se garantizará
que los camiones siguieran pasando y que las bolsas desaparecieran de las
banquetas, el tema parecía resuelto. Se apostó más por contener la emergencia
cotidiana que por construir una política integral de residuos.
Resulta
difícil sostener que nadie veía venir este escenario. Las advertencias sobre la
saturación eventual del relleno, la necesidad de nuevas estrategias de
separación, reciclaje y aprovechamiento energético, así como la urgencia de una
planeación metropolitana, no aparecieron ayer. Han estado presentes desde hace
años. Sin embargo, la respuesta institucional parece haber sido posponer
decisiones incómodas y dejar el problema al siguiente gobierno.
Y
esa ha sido quizá la mayor irresponsabilidad: administrar la basura como un
asunto de coyuntura y no como un tema estratégico para el desarrollo.
Porque
el ayuntamiento no puede limitarse a decir que la basura se recoge diariamente.
Su obligación no termina cuando el camión se lleva las bolsas. La
responsabilidad pública también incluye prever, planear y anticipar. Gobernar
no consiste únicamente en resolver lo urgente; consiste en evitar que lo
urgente se convierta en crisis.
La
pregunta entonces no es cuánto tiempo le queda a Chiltepeque. La verdadera
pregunta es: ¿qué hará Puebla después de Chiltepeque?
Las
opciones existen.
La
primera es dejar de pensar en la basura como basura y empezar a verla como
residuos aprovechables. Cerca de la mitad de los desechos urbanos son orgánicos
y podrían transformarse mediante sistemas de compostaje.
La
segunda es crear centros metropolitanos de separación y valorización para
evitar que materiales reciclables terminen enterrados.
La
tercera es analizar tecnologías de aprovechamiento energético con criterios
ambientales y técnicos serios.
Y
la cuarta, quizá la más importante, es construir una auténtica gobernanza
metropolitana. La basura no conoce fronteras municipales, pero las decisiones
políticas siguen encerradas en límites administrativos.
Puebla
necesita abandonar la visión de que un relleno sanitario es el destino final
del problema. Chiltepeque no es la enfermedad; es el síntoma.
Porque
una ciudad moderna no solo se mide por lo que construye, sino también por lo
que decide esconder bajo tierra. Y durante demasiado tiempo, debajo de la
basura también se fueron enterrando decisiones, responsabilidades y planeación.
Acá
entre nos, la basura tarde o temprano, siempre e invariablemente, nos regresa
la factura.
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El Autor es municipalista
Correo:
gabriel.lopez@ideasac.org.mx
