Recuerdo a una niña que, a los diez
años, decidió que no había nada que ver en este mundo; nada que aportar y
nada, lo suficientemente sorprendente, como para justificar el tránsito por
una vida en la tierra.
Su conclusión no consistía en un drama para llamar la atención, era una conclusión silenciosa, casi lógica en su mente infantil.
Así que cuando supo que eran venenosos, tragó pétalos de flor de Nochebuena esperando un final que solo la enfermó del estómago. Pasó el dolor, volvió a la rutina, y se dijo: “Seguiré aquí, porque al parecer algo debo hacer en este mundo”.
Esa reflexion, nacida de una aparente decepción temprana, encerró una idea teológica sencilla y profunda: la vida como tarea, no siempre comprendida; la permanencia como señal; la continuidad como indicio de un propósito, un destino, un algo que la anclara a la vida.
A veces no es la convicción la que nos sostiene, sino la sospecha de que aún falta algo por cumplir. Tal vez ahí se cruzan la fe y el libre albedrío.
Dios —según esa mirada— permite que decidamos, incluso equivocarnos o desesperar, pero también deja pequeños indicios: una sobrevivencia inesperada, una puerta que no se cierra, un intento fallido que se convierte en permanencia. No como prueba concluyente, sino como insinuación, un resquicio de esperanza en medio de un desierto de incredulidad.
Y vuelve entonces esa afirmación inocente y pueblerina: “cuando te toca, aunque te quites; y cuando no te toca, aunque te pongas”. Me pregunto si vale igual para los asesinos. Ellos deciden utilizar su libre albedrío para dar por terminada la vida de otra persona, pero no siempre lo logran. Sin embargo, las consecuencias del intento los acompañan para siempre, como una sombra.
Quizá ahí se revela otra arista del libre albedrío: no solo la posibilidad de elegir, sino la responsabilidad de cargar con lo elegido. Porque incluso cuando el destino parece imponerse, las decisiones humanas dejan huellas. Y esas huellas —de vida, de muerte, de permanencia o de ausencia— son también parte del misterio que intentamos descifrar entre la fe y la libertad.
Por otro lado, supe recientemente de la joven que vivía en Barcelona con una paraplejia irreversible, consecuencia de un intento de dejar la vida en nuestro mundo. Una lesión incurable de la médula espinal que provoca la pérdida de movilidad y, en muchos casos, de sensibilidad de la cintura hacia abajo.
Quienes la padecen no pueden mover las
piernas y enfrentan dificultades para controlar funciones básicas de la vejiga
o el intestino, además de dolores neuropáticos intensos. No existen
tratamientos y la persona requiere asistencia permanente. El diagnóstico médico
no agota una pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando la vida se vuelve una
experiencia que el propio individuo considera inhabitable?
Elegir quedarse o elegir partir no siempre nace de la misma claridad. A veces la decisión surge desde la esperanza; otras, desde el agotamiento. Y en medio de esa tensión, quienes miran desde fuera intentan comprender con categorías morales, jurídicas o religiosas algo que, en el fondo, pertenece al ámbito más íntimo del dolor humano.
Es un tema denso, difícil porque atraviesa discusiones filosóficas, éticas y espirituales, que, inevitablemente, nos recuerda que la literatura lleva siglos sosteniendo.
Albert Camus escribió que el único problema filosófico serio es el suicidio. No lo planteaba como una invitación, sino como la pregunta radical sobre el sentido de la existencia. Resistir el absurdo era su respuesta. Pero el caso de Noelia transforma esa reflexión en una escena concreta: informes médicos, resoluciones judiciales y una voluntad reiterada, que convierte el dilema filosófico en decisión institucional.
Noelia Castillo, de 25 años, inició el trámite para acceder a la eutanasia tras confirmar médicamente su paraplejia irreversible. Su solicitud fue aprobada por los equipos médicos y se ejecutó después de casi dos años de batalla judicial. Su padre, con apoyo de organizaciones religiosas, intentó frenar el procedimiento. La justicia avaló la decisión de la joven. El conflicto no fue solo jurídico, ya que puso frente a frente dos nociones de dignidad: la del cuidado que busca preservar la vida y la de la autonomía que reivindica el derecho a decidir el final.
León Tolstói había descrito algo similar en La muerte de Iván Ilich. Nos muestra cómo ell protagonista se consume lentamente mientras quienes lo rodean prefieren no mirar su sufrimiento, una historia dramatica que repetimos todo el tiempo. La obra no propone la eutanasia, pero cuestiona la prolongación de una vida que ha perdido sentido para quien la vive. La incomodidad reaparece en una pregunta inmersa: ¿quién decide cuándo el dolor deja de ser tolerable, el que lo sufre o quienes lo observan desde fuera?
La biografía de Noelia agrega una capa aún más compleja. Sus padres se separaron cuando tenía trece años; estuvo tutelada por el sistema público; sufrió abusos y una agresión sexual colectiva; en 2022 se arrojó desde un quinto piso en un intento de suicidio que derivó en la lesión medular.
El sufrimiento no fue solo físico, sino
acumulativo.
Jean-Paul Sartre defendía que la libertad humana es radical, incluso frente a la muerte. Pero también surge la duda que su filosofía deja abierta: ¿qué ocurre cuando la libertad se ejerce desde el abandono? ¿Puede hablarse de decisión plenamente autónoma cuando la vida ha sido una sucesión de carencias?
Tal vez por eso su historia me recuerda inevitablemente a Frida Kahlo. También ella vivió con un cuerpo atravesado por el dolor, limitado por cirugías, corsés y una movilidad restringida. La diferencia no está en la intensidad del sufrimiento, sino en la forma de habitarlo. Frida transformó la herida en imagen, la inmovilidad en creación, el dolor en lenguaje. Pintó desde la cama, desde la fractura, desde la imposibilidad.
Esa comparación no pretende establecer jerarquías morales ni respuestas únicas. Mucho menos juzgar. Más bien revelar la diversidad radical de la condición humana. Frente al abismo —el cuerpo que duele, la vida que se vuelve cuesta arriba— algunos encuentran sentido en la continuidad, otros en la decisión de poner fin.
La libertad, cuando aparece en estos extremos, deja de ser una abstracción filosófica y se vuelve una experiencia concreta, atravesada por el dolor, la fe y la dignidad.
Quizá por eso estas historias nos inquietan
tanto. Porque nos obligan a reconocer que no existe una sola manera de
resistir.
Entre ambas posibilidades se despliega esa zona compleja donde el libre albedrío, la fe y la fragilidad humana se encuentran sin respuestas definitivas.
Y luego está el Estado que hasta en esto
se ha metido.
José Saramago imaginó en Las intermitencias de la muerte una sociedad donde la muerte se vuelve un asunto burocrático. Instituciones, políticos y procedimientos administran el final. El paralelismo con este caso es inevitable: informes clínicos, tribunales, recursos legales, protocolos médicos. La muerte ya no es un acontecimiento íntimo; es un proceso regulado. Y esa regulación, aunque garantista, no elimina el vacío moral que queda después.
Virginia Woolf retrató a Septimus, un hombre marcado por el trauma que nadie logra
escuchar,en La señora Dalloway. Su decisión final surge de la incomprensión
social, sin glorificación ni condena; muestra la soledad que lo acompañaba.
Esa soledad es la que vuelve incómodo el caso de Noelia: no solo importa el
momento de la eutanasia, sino el camino que condujo a ella.
En España, la eutanasia es legal. En México, el debate avanza y se discute su eventual regulación, para personas con enfermedades terminales o crónicas irreversibles.
El caso de Noelia se convierte en referencia obligada. No para copiar el modelo, sino para advertir que la legalización no resuelve la cuestión de fondo que la literatura sugiere desde hace siglos: el problema no es únicamente cómo morir, sino cómo vivir cuando el dolor, la dependencia y la soledad se acumulan.
Las puertas del centro de salud se cerraron aquella tarde. Afuera había cámaras, rezos, consignas y argumentos. Toda la atención , demasiada atención para un acto tan íntimo. Adentro, una joven con paraplejia irreversible que tomó la última decisión que le quedaba.
Camus habría visto la pregunta del sentido; Tolstói, el sufrimiento; Sartre, la libertad; Saramago, la burocracia; Woolf, la soledad. Y todas esas visiones caben en una sola escena.
Quizá por eso la discusión no termina con la eutanasia.
La pregunta incomoda y permanente es otra: si
una sociedad logra garantizar el derecho a morir, ¿está haciendo lo suficiente
para garantizar también las razones de
seguir viviendo?
